La cruzada eterna del doctor Mora

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Pese a que le diagnosticaron un avanzado cáncer de páncreas con un pronóstico de no más de 6 meses de vida, decidió dar una dura pelea con dos objetivos: pasar la mayor cantidad de tiempo con su familia y dar a conocer las injusticias del sistema de salud y la necesidad de contar con una ley para tratar a los pacientes de esa enfermedad. El 19 de abril falleció, después de más de 2 años de tratamiento, dejando como legado su lucha y su vocación de servicio.

Francesca Perrot estaba en su casa cuando sonó su celular. Corría 1999 cuando esa llamada inesperada interrumpía sus labores con un mensaje que la dejaría un poco descolocada: un desconocido la invitaba a salir. Al otro lado de la línea estaba el doctor Claudio Mora. Ella no lo ubicaba bien, sabía que en su pasantía como enfermera -que cursaba en el Centro Médico de San Joaquín de la Universidad Católica- había dos médicos con su nombre, pero no tenía claro quién era. “Al parecer fue un flechazo, porque se consiguió mi teléfono con una paramédico y se atrevió a llamarme. Acepté y luego de tres meses empezamos a pololear y nos casamos en 2004, tras cinco años de relación”, cuenta hoy. Durante dos décadas se acompañaron y formaron una familia junto a sus dos hijas, Renata de 13 y Javiera de 6. El 19 de abril pasado, el momento que hace dos años y tres meses parecía lejano, imposible, llegó. Hace dos años y tres meses, ni Francesca, ni Renata, ni Javiera, ni el propio doctor Mora, sabían del grave y avanzado tumor que se había desarrollado en su páncreas.

En diciembre de 2016, Claudio Mora cumplía un ritual de años. Salía junto a sus hijas a tomarse unos días en Pichilemu, el balneario que tantos recuerdos le traía de juventud. Nacido y criado en San Fernando, en el Colegio de los Hermanos Maristas, solía encontrar tranquilidad en esa zona costera de la región de O´Higgins. En esa época, comenzó a sufrir de fuertes dolores en su espalda. Incluso, llegadas las vacaciones de verano, partió con su familia rumbo al caribe sin alertarlos mayormente de la situación. Primero tuvieron un paso por Panamá, luego por Punta Cana en República Dominicana. Recién en la parte final del viaje empezaron a comprender que el problema no era menor. “Los últimos días ya no salía con nosotras, se quedaba en el hotel”, recuerda Francesca.

Al día siguiente de llegar a Santiago, el 14 de febrero, se sometió a exámenes. “Se dio cuenta de inmediato de que lo que tenía era muy grave. Prácticamente dirigió a su colega en lo que debía buscar. Cuando me contó, fue la primera vez que lo escuché llorar en mi vida”, relata Matías Cassanello, amigo desde 8vo básico de Mora.

Ahí su vida comenzó una transformación radical: en menos de 3 días comenzó el tratamiento con quimioterapias, decidió volcarse completamente a sus pacientes del Hospital El Pino de San Bernardo y empezó a utilizar sus redes sociales para contar sus vivencias en el servicio público y las dificultades, inequidades e injusticias que veía en el sistema de salud al momento de enfrentar una enfermedad grave.

Pero sin duda, el objetivo mayor sería el que lo movió hasta su deceso. “El decía que su propósito era vivir un día más para ver despertar y acostarse a sus hijas. Que sólo un día valía la pena por sobre cualquier sufrimiento”, rememora Cassanello. Su esposa, comenta que el esfuerzo lo llevó a sentir dolores inhabilitantes. “Hizo todo lo imaginable, incluso con el enorme padecimiento que podía tener y sabiendo que no tenía mejoría”, relata.

Enseñanza y vocación

Desde el colegio, Claudio Mora destacó por su rol de líder, pese a que lo recuerdan como observador y algo tímido al conocer a las personas. Fue presidente de su curso y también participó del centro de alumnos del Colegio de los Hermanos Maristas de San Fernando.

Una vez terminada la educación media, estudió medicina un año en Concepción, pero decidió cambiarse a la Universidad Católica. “Nos costó Anatomía en primero y Patología en tercero”, comenta el dr. Claudio Moraga, amigo desde primer año de universidad del fallecido galeno. “Siempre tuvo una veta 100% social, desde pregrado sabía que su norte no iba por el lado privado, lo público era lo suyo, le gustaba el hospital y por eso eligió trabajar ahí”, dice. Tampoco olvida su humor punzante e ingenioso y la creación de un grupo-club para festejos y celebraciones en el final de la carrera, que el propio Mora bautizó como Laénnec, en honor al médico que describió la cirrosis hepática.

Mora fue seleccionado de básquetbol, seguidor del rock latino, fanático de la UC (su familia recuerda que cuando hacía un gol el cuadro de la franja sus gritos se escuchaban en toda la casa), ávido lector de historia y amante de la buena comida. Una de sus principales características fue su dedicación por ayudar a otros. “Siempre juntaba a un grupo de 3 ó 4 personas para explicar materias. A mí me enseñaba y a sus compañeros también. En el colegio también lo hacía”, indica Francesca Perrot.

Fue su amor por el servicio público y la educación lo que complementó su carrera profesional. Una vez terminada su especialidad de cirugía en la Universidad de Chile, en 2004, ingresó al Hospital El Pino de San Bernardo donde se mantuvo toda su vida. Además, hizo clases durante 13 años en la UNAB.

El doctor José Luis Román fue compañero en ese recinto casi los 15 años. “Fue el motor del tema docente en el hospital. Estaba en todas, pasaba visita a los pacientes, atendía, hacía cirugías, enseñaba, iba a reuniones a la universidad, era muy comprometido con la parte pública. Sus alumnos decían que era omnipresente”, cuenta.

Luego de conocer su lapidario diagnóstico, rememora Román, se volcó completamente a sus pacientes. “Se podría haber ido el último tiempo para su casa, sabiendo que tenía una enfermedad terminal. Sin embargo, decidió quedarse más cerca de los pacientes, fue el doble de empático, de asertivo, se quedaba conversando largo rato con las personas que atendía porque estaba viviendo en carne propia lo que le pasaba el otro. Eso es super loable porque le quedaba muy poco de vida”, señala.

Rol Público

Pese al adverso escenario que vivía el año 2017, decidió darle vida a sus redes sociales. Debido a sus ácidos comentarios, su caso se hizo conocido de forma masiva. Aumentó rápidamente sus seguidores en Twitter, sus dichos comenzaron a ser compartidos por cientos de usuarios, hasta que sus historias saltaron a los medios de comunicación. Fue portada de uno de los diarios con mayor lectoría del país y fue invitado a programas y matinales para contar su experiencia.

“Creo que tuvo guardado esto por mucho tiempo y en Twitter comenzó a liberar un poco todo lo que tenía adentro. A veces ponía cosas para generar polémica, pero que realmente pensaba y que mucho tiempo calló. Estaba viendo cosas terribles que estaban pasando y la única manera de generar cambios era que esto se comentara”, explica Francesca.

Fue precisamente en esas plataformas donde logró poner en el tapete la urgencia de tener una legislación acorde a los duros problemas económicos, sociales y familiares aparejados a un cáncer. Se sumó a marchas y a discusiones parlamentarias, pese a su delicado estado de salud, y levantó la bandera en favor de la ley en todos los lugares a los que asistió, transformándose en un verdadero ícono del proyecto.

También fue crítico del rol de los médicos y de la necesidad de reforzar la vocación social en la formación de los profesionales. Renata, su hija de 13 años, cree que su padre dejó un mensaje importante para la sociedad. “En todos sus tweets, en los mensajes de Instagram en las fotos que subía el buscaba que las personas sean más abiertas en el sentido de ver la realidad de las otras personas. Él subía comparaciones de su vida anterior y ahora. Me decía que teníamos suerte de tener de tener salud, de tener una familia porque hay gente que no tiene esa misma suerte. Hay gente que espera meses para tomarse estos exámenes y eso es malo. Todos debe ser tomados en cuenta por igual. Me siento muy orgullosa de que buscara hacer un cambio”, dice.

Claudio Mora estuvo a sólo días de cumplir 46 años, falleció en su casa de Lo Barnechea junto a su familia y hoy sus restos están en un ánfora en el living de ese mismo lugar, acompañado de una foto. ¿Su lucha? A juicio de su viuda tiene hoy más sentido que nunca: “esperamos que la ley se promulgue y que todas las generaciones de médicos que él formó puedan haber recibido la importancia de tratar a los pacientes, de clínicas y hospitales, como iguales. Ojalá que el pequeño granito de arena que dejó, su enseñanza y vocación, se pueda transmitir de generación en generación”.