El pasado 6 de marzo de 2026, la medicina chilena perdió a uno de sus referentes más íntegros y valientes. El Dr. Andrei Tchernitchin, académico de la Universidad de Chile y baluarte del Colegio Médico, trascendió la vida biológica para convertirse en un legado imperecedero. Para los médicos que hoy visten el delantal blanco con la convicción de proteger la vida, y para los ciudadanos de Antofagasta y las «zonas de sacrificio» que respiran las consecuencias del desarrollo industrial, su obra es, hoy más que nunca, una carta de navegación ética y científica.
Por Patricio Alegre Aros
El Dr. Tchernitchin no fue un académico de torre de marfil. Su laboratorio fue el territorio, y su mayor microscopio fue su sensibilidad social. Su vínculo con la Región de Antofagasta no fue circunstancial; fue una alianza inquebrantable que comenzó en la década de los 90 junto al Dr. Tomás Verdejo. En aquellos años, donde la palabra «contaminación» se susurraba con temor al impacto económico, Tchernitchin inspeccionó personalmente los patios de ferrocarriles en pleno centro urbano. Allí, donde el polvo de plomo se mezclaba con el aire de las plazas y escuelas, él vio lo que otros decidieron ignorar.
Entrada la década de 2000, junto al Dr. Hugo Benítez, lideró el descubrimiento de la «Ruta del Plomo», un hito que cambió la historia sanitaria del norte. Finalmente, bajo la presidencia del Dr. Aliro Bolados (quien nos dejó en 2024), Tchernitchin se convirtió en la voz técnica indiscutida frente a la crisis del concentrado de cobre y el polvo negro. Su rigor científico fue el único lenguaje que pudo doblegar la retórica industrial, transformando la defensa de Antofagasta en un estandarte de justicia ambiental.
La Impronta Bioquímica: El Hallazgo que Cambió el Paradigma
Para la comunidad médica, el mayor aporte del Dr. Tchernitchin fue la introducción de la «Toxicología del Desarrollo» y el concepto de la «impronta bioquímica». Mientras la normativa legal chilena se conformaba con promedios anuales de calidad de aire, Tchernitchin advirtió sobre las ventanas de vulnerabilidad. Demostró que la exposición a metales pesados como el arsénico, el plomo y el cadmio durante el periodo intrauterino o la primera infancia «programaba» enfermedades crónicas y cánceres que solo se manifestarían décadas después.
Su investigación fue más allá de lo somático, adentrándose en el impacto sobre los gametos. Tchernitchin probó que el manejo negligente de sustancias químicas altera la herencia biológica, afectando la salud de las generaciones futuras. Esta visión transgeneracional fue la que le valió el Premio Nacional de Derechos Humanos en 2014, recordándonos que el derecho a la salud no es solo una prestación asistencial, sino un derecho humano fundamental que el Estado y la industria deben garantizar con estándares de «tolerancia cero».
Arquitecto de una Nueva Legislación
El legado de Andrei Tchernitchin es tangible. Cada vez que un niño en Chile habita una casa libre de plomo en sus paredes, es gracias a sus estudios que lograron prohibir este metal en las pinturas. En el ámbito minero, su tenacidad fue el motor de la Ley 21.425 de 2022 y el Decreto 95 de 2023. Estas leyes, que hoy exigen el transporte hermético y húmedo de concentrados, son la cristalización de 30 años de lucha. Lo que antes era un traslado a cielo abierto de veneno, hoy es una operación regulada por estándares de seguridad que él mismo ayudó a redactar.
Un Llamado a la Nueva Generación Médica
Para los médicos que hoy inician su camino, el Dr. Tchernitchin nos deja un desafío inmenso. En un mundo donde la crisis climática y la degradación ambiental son las nuevas pandemias, el rol del médico no puede limitarse al box de atención. El «estándar Tchernitchin» nos exige ser peritos del territorio, defensores de la evidencia y portavoces de aquellos cuyos pulmones no tienen voz frente a los tribunales.
Él demostró que la medicina es, por definición, una ciencia social. Que un informe técnico bien fundamentado puede cerrar un galpón contaminante, sellar un vagón de tren o cambiar una ley nacional. Su rigor fue su armadura, y su empatía su motor.
Conclusión: La Semilla en el Desierto
Antofagasta, Quintero, Puchuncaví, Huasco y Coronel pierden a su médico de cabecera, pero conservan su armadura científica. El Dr. Tchernitchin nos enseñó que no existe nivel seguro para un carcinógeno en el cuerpo de un niño. Nos enseñó que la salud ambiental es la base de la dignidad humana.
Al despedirlo, la comunidad médica no solo rinde honores a un académico ilustre de la Universidad de Chile; celebramos la vida de un hombre que decidió que su conocimiento pertenecía al pueblo. Su partida en este marzo de 2026 nos deja el corazón encogido, pero la voluntad encendida. La mejor forma de honrar a Andrei Tchernitchin es asegurar que su «hoja de ruta» siga vigente, vigilante y activa en cada rincón de Chile donde la vida aún sea amenazada por el lucro irresponsable.
Andrei Tchernitchin, presente. Por la salud de los que están y de los que vendrán.
Médico, académico y defensor del derecho a un medioambiente sano
El doctor Andrei Tchernitchin Varlamov nació en Santiago en 1942, en una familia de origen ruso que había encontrado en Chile refugio tras la Segunda Guerra Mundial. Desde muy temprano mostró una curiosidad excepcional por la ciencia. Siendo niño, en la comuna de Independencia, quedó fascinado al observar por primera vez un microscopio. Esa experiencia marcaría su vida: a los 14 años ya se vinculaba con laboratorios de la Universidad de Chile, iniciando una trayectoria científica que lo convertiría en uno de los pioneros de la toxicología ambiental en el país.
Estudió Medicina en la Universidad de Chile, donde se tituló como médico cirujano y desarrolló posteriormente una extensa carrera académica. Fue profesor titular del Instituto de Ciencias Biomédicas (ICBM) de la Facultad de Medicina y dedicó más de seis décadas a la investigación científica, la docencia y la defensa de la salud pública.
A lo largo de su trayectoria combinó el trabajo en laboratorio con una activa participación en debates sobre políticas públicas y regulación ambiental. Sus investigaciones y asesorías técnicas contribuyeron a visibilizar los efectos de distintos contaminantes sobre la salud de las personas, participando en estudios relacionados con la exposición al arsénico en el norte de Chile y en episodios de contaminación industrial en zonas como Quintero y Puchuncaví. Su trabajo también aportó evidencia para avanzar en regulaciones sanitarias y ambientales, entre ellas la eliminación del plomo en pinturas habitacionales y el fortalecimiento de normas de calidad del aire.
Su compromiso con la salud ambiental también tuvo una dimensión gremial. En 2005 impulsó la creación de la Comisión de Medio Ambiente del Colegio Médico, instancia que posteriormente se institucionalizó como departamento y que presidió durante una década. Además, fue dirigente del Consejo Regional Santiago del Colegio Médico desde fines de la década de 1990, promoviendo de manera permanente la integración entre salud pública y protección del medio ambiente.
En reconocimiento a su trayectoria científica, gremial y a su compromiso con la defensa del vínculo entre salud y medio ambiente, en 2021 recibió la Condecoración de Honor de la Orden Médica Chilena, una de las distinciones más relevantes que otorga el Colegio Médico de Chile.
A nivel nacional, su trabajo también fue reconocido en 2014 con el Premio Nacional de Derechos Humanos, distinción que valoró su aporte a la defensa del derecho de las personas a vivir en un medio ambiente libre de contaminación.
Hasta sus últimos años mantuvo una activa participación en el debate público y en el mundo académico. Su legado permanece en la investigación científica que impulsó, en las políticas ambientales que ayudó a construir y en las generaciones de profesionales que formó a lo largo de más de seis décadas dedicadas a la medicina, la ciencia y la defensa de la salud de la población.



