Leonor Azócar Glasinovic
Doctora en Historia (c) – Sociedad Chilena de Historia de la Medicina.
La campaña de vacunación contra la influenza 2026 en nuestro país comenzó el 1 de marzo, y cada año estas iniciativas nos recuerdan la importancia de la prevención como una de las herramientas centrales en la salud pública. La inmunización consigue reducir las altas tasas de contagio, de mortalidad y del colapso hospitalario asociadas a enfermedades respiratorias, especialmente en los grupos más vulnerables de la población. Aunque los conocimientos científicos han ido cambiado a lo largo del tiempo, la preocupación por prevenir enfermedades tiene una larga data.
Un ejemplo puede observarse a finales del siglo XIX durante la pandemia de cólera que afectó a Chile. En un contexto donde la bacteriología recién comenzaba a ganar terreno en la comunidad científica, coexistían distintas explicaciones sobre su naturaleza, síntomas y tratamientos para combatir dicha enfermedad. Tanto médicos como autoridades de diversas naciones implementaron medidas como también recomendaciones dirigidas a la población para reducir el impacto de dicho flagelo y Chile no fue la excepción.

Algunas de las medidas preventivas en las que se insistieron fueron la importancia de la ventilación, la mantención de la limpieza de patios y acequias y la recomendación de evitar la acumulación de basura y las aguas estancadas. Asimismo, se recomendaba hervir el agua antes de ser consumida, el lavado de frutas y verduras, la moderación en la alimentación privilegiando comidas ligeras evitando los excesos y el consumo de alcohol.
Estas indicaciones formaban parte de un conjunto de prácticas de higiene destinadas a proteger el cuerpo frente a una enfermedad que nunca había llegado a territorio nacional, la cual generaba preocupación y temor debido a su rápida propagación, desarrollo y letalidad.

Independiente de la eficacia de estas medidas, ellas reflejan un rasgo fundamental de la medicina actual: la convicción de que las pandemias no solo se enfrentan mediante tratamientos médicos, sino también con el auxilio de la prevención y la educación sanitaria. En este sentido, el combate contra el cólera implicó también invertir en la vida cotidiana de la población, promoviendo hábitos de higiene y cuidado del entorno doméstico. Para ese entonces, el Estado no se preocupaba únicamente de la situación sanitaria que se encontraba la ciudad, sino además que direccionó su mirada y enfoque al espacio privado y costumbres de las familias o integrantes de los hogares. Dichas medidas se pueden encontrar en manuales de higiene y escritos impresos de los médicos, quienes buscaron orientar a la población sobre las formas de prevenir la enfermedad. Este tipo de publicaciones no solo transmitía conocimientos médicos, sino que también promovía la adopción de nuevos hábitos de higiene en el espacio doméstico y urbano. De este modo, la lucha contra el cólera se convirtió también en un esfuerzo por educar sanitariamente a la población y transformar prácticas cotidianas relacionadas con el cuidado del cuerpo, el agua y el entorno.
Más de un siglo después, las campañas de vacunación contra la influenza continúan con esta tradición preventiva. Si bien hoy la inmunización constituye una de las herramientas más eficaces para enfrentar enfermedades infecciosas y contagiosas, como lo fue en su momento el COVID-19, la experiencia histórica recuerda que la salud pública se construye también en los espacios donde las personas viven, se alimentan y se relacionan. Así como en el siglo XIX hervir el agua, limpiar los espacios domésticos o seguir las recomendaciones médicas formaba parte de la lucha contra el cólera, hoy la vacunación anual contra la influenza constituye una de las principales formas de protección colectiva frente a las enfermedades infecciosa.



