Dr. Cristián González
Coordinador Comisión Salud Digital Colegio Médico de Chile
Visité hace algunas semanas la exposición sobre el cine en Chile en el Centro Cultural La Moneda. Leí una de sus principales reflexiones: la tecnología no solo cambia lo que hacemos, sino cómo nos sentimos frente al progreso. Recuerdo un dato de la muestra: en 1902, apenas un par de años después de las primeras proyecciones de los hermanos Lumière, se estrenó «Ejercicio General del Cuerpo de Bomberos», la primera película filmada en Chile.
En ese Santiago de calles empedradas, ver imágenes en movimiento no era solo entretenimiento; era la prueba irrefutable de que el siglo XX había llegado. Esa pequeña luz proyectada generó estrellas, transformó barrios y nos regaló la sensación de una conexión global inmediata. La modernidad se materializó en palacios de luz como el Teatro Real o el majestuoso Cine Metro, nombres que hoy evocan una era donde la tecnología nos hizo sentir, por primera vez, ciudadanos del mundo.
En medicina, hemos tenido hitos similares que nos sacudieron: la imagen del Dr. Jorge Kaplan realizando el primer trasplante de corazón en Chile en 1968. Ese día, la modernidad no se vio en una pantalla, sino en un quirófano de Viña del Mar. Pero hoy, en 2026, ¿qué avance tecnológico actual nos haría sentir que el futuro finalmente ha llegado a nuestro sistema de salud?
Sospecho que la respuesta es algo simple, pero profundo: la interoperabilidad de los datos clínicos.
Imaginemos que un profesional en cualquier centro de salud acceda instantáneamente al historial del usuario, sus fármacos y sus atenciones de urgencia. La evidencia internacional es contundente. Una editorial reciente del New England Journal of Medicine destaca que en Estados Unidos redes nacionales ya intercambian de forma segura más de 50 millones de registros de pacientes diariamente. Este flujo permite pasar de una medicina de «procesos» a una de «resultados». Para el paciente, esto significa el fin de la peregrinación con carpetas de exámenes y la eliminación de la redundancia inútil de pruebas que agotan el presupuesto familiar.
¿Por qué en Chile aún no lo logramos? El desafío ha sido la fragmentación y la falta de un estándar común. Sin embargo, hay luces de esperanza: la aprobación de la Ley N°21.664 sobre interoperabilidad de la ficha clínica marca un antes y un después. Pero la ley es solo el papel; el hito real vendrá con una nueva gobernanza que goce de amplio respaldo político, permitiendo integrar los datos del sistema público y privado bajo una institución con fuerte respaldo técnico, protegida de los vaivenes de turno.
Para que este proceso sea exitoso, necesitamos elementos fundamentales: ciberseguridad de nivel estatal, un incentivo real para que los prestadores compartan datos y, sobre todo, alfabetización digital. Como advierte un estudio en el Journal of Medical Internet Research (JMIR), si no gestionamos la brecha digital en nuestros adultos mayores y sectores vulnerables, la tecnología solo amplificará las inequidades existentes.
Al salir de La Moneda, pensaba en esos chilenos de 1902 mirando asombrados los carros de bomberos moverse en la pantalla. Nosotros somos esos espectadores hoy ante la salud digital. La modernidad no llegará cuando tengamos el dispositivo más caro, sino cuando la información fluya para salvar vidas con la misma naturalidad con la que el cine nos conectó con el mundo hace un siglo. Ese sería, sin duda, nuestro próximo gran estreno.

