Lautaro Ferrer y Aureliano Oyarzún, nomadismos médicos-etnográficos

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Por Dr. Yuri Carvajal

En los inicios del siglo XX, tras guerras nacionalistas y de colonización, dos médicos salubristas se sintieron convocados al estudio de los saberes contenidos en los pueblos originarios. Uno de ellos, discípulo de Virchow y miembro del Instituto de Higiene, abrazó la escuela germana de análisis histórico-cultural y se hizo parte de una tríada seminal en el campo de la arqueología y etnografìa chilena, junto a Max Uhle y Martín Gusinde. El otro, manteniendo siempre su actividad en el campo sanitario y político, pudo realizar trabajo de archivo y de campo para plasmar su particular esfuerzo etnográfico. Cada uno, un estilo, una forma, impregnados ambos de positivismo, racismo y europeísmo de su tiempo. Pero, con su inquietud y las interrogantes sobre nuestro ser originario, abrieron las categorías eurocéntricas para incubar una vocación y producción que bien merecen considerarse camino propio.

Aureliano Oyarzún pudo hacer una obra antropológica fundacional, ser reconocido como especialista y a la vez, parte de una escuela, fundar un museo, situar localmente una corriente internacional, enhebrar los vínculos para generar investigaciones e investigadores de talla mundial.

Lautaro Ferrer se mantuvo en la medicina, pero supo a través de la historia de la medicina, desarrollar su comprensión y valoración del saber originario. Su libro de 1904 Historia General de la Medicina en Chile, aunque tímidamente subtitulado: Desde el descubrimiento y conquista de Chile, en 1535, hasta nuestros días, se adentra en los primeros cinco capítulos en una apreciación del conocimiento y la capacidad de hacer uso especialmente de la herbolaria, que sorprenden. Lector de los jesuitas y afanoso estudioso del archivo de Vicuña Mackenna, una cita bastará para mostrar su fuerza valorativa:

La flora riquísima de Chile, cuyas plantas medicinales conocieron en gran parte sus primeros habitantes, y que supieron explotar las machis para sus curaciones y mistificaciones, ha sido objeto primordial de estudio por numerosos sabios y naturalistas de fama que han recorrido todo el país, clasificando primero y ensayando después el uso de las plantas, formando un archivo voluminoso de las ciencias naturales.

El padre Rosales, dice que si Dioscórides, el príncipe de los herbolarios, hubiese estado en Chile, habría tenido mucho que admirar y estudiar en tan fertilísimo suelo, que, al decir de un médico francés docto naturalista que visitó el territorio, es tanta la fecundidad de la flora medicinal, que aquí no se necesitan de boticas ni de medicinas, porque en las hierbas se encuentra cuanto se pueda desear.

Citemos a la vez a Oyarzún, para dar cuenta de su profunda valoración de nuestros Selknam y su radical condena al genocidio patagónico:

¿Cómo han desaparecido estas gentes? Primero por el contacto con los europeos, comunicándoles éstos sus vicios y enfermedades. Luego por los buscadores de oro y los estancieros, estos últimos principalmente que, descontentos con los indios por los robos que les hacían de sus ovejas, después de haberlas privado ellos mismos de sus tierras y guanacos, encontraron en los cazadores profesionales de indios una ayuda eficaz para exterminarlos. Uno de los más célebres de estos individuos fue el rumano Julio Popper, famoso por su cinismo y sus asesinatos. Existe una fotografía suya mandada hacer por este mismo monstruo humano, en la que se ve el cadáver de un padre de familia en el suelo y Popper observando cómo, a los tiros de sus rifleros, caen los cadáveres de la mujer y sus hijos que huyen de esta cacería salvaje. Esta fotografía “que yo mismo he visto, -dice Gusinde-despierta un sentimiento de horror y asco”.