Medicos Mayores: Dos cardiólogos actuando como psiquiatras

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Dr. Óscar Román A.


 

En una Revista cultural nacional, publicada en la década del 90, encontré un artículo de divulgación científica del Dr. Fernando Lolas S, destacado médico nacional, titulado “Las palabras y la Ciencia”. Alude a que una de las funciones y “preocupaciones” del científico, al reconocer una nueva enfermedad, es describir las características que la definen, que la “construyen” y que también requiere un nombre. Una palabra descriptiva, a veces poética, como un hogar que la defina en el mundo científico. La palabra de la ciencia aún puede ser una ecuación, según Lolas.

Lo interesante parece ser la afirmación de un filósofo que establece “la libertad de dar a los hechos y cosas, el nombre que el científico quiera”.

Aquí viene el ejemplo:

Los cardiólogos americanos de California, Friedmann y Rosenman, que atendían en una misma oficina, observaron que las sillas en que se sentaban los distintos pacientes atendidos, tenían sus tapices viejos y ajados, y que requerían un cambio. El Maestro carpintero llamado a tal efecto, les dijo, mirando curiosamente: “que raros sus pacientes, desgastan la parte anterior del asiento y la posterior está bien”. Sorprendidos, los cardiólogos, además de ordenar el cambio de tapiz, decidieron estudiar qué había sucedido en algunos de sus pacientes que adoptaban tan rara posición. Dedicaron casi dos años a esta tarea y con abundante material clínico pudieron concluir que la mayoría de sus pacientes jóvenes, ejecutivos de empresas, eran los más rápidos en su accionar general, tenían las manos sudorosas, y se sentaban en  el reborde anterior de la silla, para arrancar tan pronto como fuese posible. Otros pacientes, en cambio, casi la mitad, se sentaban como caballeros, y se comportaban con la lentitud propia de un ser humano enfermo, que denominamos “paciente” en la jerga médica, porque espera un resultado final (diagnóstico), bueno o malo.

En ambas situaciones, el diagnóstico final, además del cardiológico, fue “estrés emocional”. Presentaron el trabajo científico con el nombre de “enfermedad coronaria y estrés emocional”, parentesco no bien conocido ni estudiado en esos años. Fue rechazado en dos ocasiones con ese nombre, porque era poco creíble que los cardiólogos pudieran abordar con precisión un diagnóstico propio de la Psiquiatría.

Convencidos que estaban frente a un nuevo cuadro situacional y emocional, cambiaron el nombre de estrés por “Personalidad tipo A, que era un nombre no muy bueno, señala el Dr. Lolas, pero al describirlo, tenía elementos definidos que permitían diferenciarlo con claridad.

Efectivamente, el síndrome con su aceptado nuevo nombre, se extendió en la literatura médica, y entre nosotros, la Dra. Ifland, Psicóloga, junto al autor de esta nota, presentamos el trabajo con el cauto título de “Definición de un instrumento psicológico predictivo de enfermedad coronaria” a un Congreso de la especialidad de Cardiología, en 1976.

Si no les es conocida, la personalidad tipo A se caracteriza por presentar dos elementos distintivos; obtener récords y presencia de agresividad latente. Además de estar permanentemente en contacto o adivinanza de la hora real del momento sin mirar el reloj, busca récords en la realización de diversas tareas domésticas familiares, de la actividad corriente, y aún de partes de su mismo trabajo, ganando tiempo de realización de ellas, (tiempo de escribir una nota, hacer recorridos de compras en almacenes, a gran velocidad, ganando a familiares y vecinos, ganar en velocidad de recorridos en auto por una determinada avenida, exigiendo el paso a los demás autos, y “saludando” si no lo hacían). Además, realizar dos o tres tareas en un tiempo válido solo para una habitualmente.

La segunda característica, la agresión latente, consiste en enojo y reto, sin llegar nunca a las manos, frente a acciones comunes que realiza más rápido que los sujetos que las hacen comúnmente. Es frecuente que el jefe lo haga más rápido que sus trabajadores, aun si éstos son los que están a cargo permanentemente.

Lolas reconoce que en la labor científica, por cada término exitoso, hay muchos que no lo son, como el de “estrés” de Hans Selye, que empezó a usarlo en su definición real después de varios intentos para identificarlo con alteraciones psicológicas. No es el caso de la personalidad tipo A, que orienta claramente hacia una propensión a desarrollar enfermedad coronaria, como hemos observado en nuestros pacientes.