Opinión: La educación médica del Chile del futuro

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Dr. Paulo Gnecco,
Presidente Departamento de Formación y Acreditación Colegio Médico de Chile


Las organizaciones médicas profesionales y académicas llegamos tarde. Durante mucho tiempo asumimos que la calidad de la formación médica estaba garantizada por tradición. Hoy sabemos que no es así: existe menos resguardo por la enseñanza de nuestra profesión que hace treinta años, y ello es consecuencia directa de la inacción colectiva.

En las últimas décadas, muchas universidades han visto en la carrera de Medicina una oportunidad de mercado antes que un proyecto académico y social. El resultado ha sido una proliferación de escuelas sin sustento docente, que confunden expansión con progreso. Como Colegio Médico, creemos que defender la calidad y la exigencia de la medicina en Chile no es un acto corporativo: es proteger uno de los patrimonios inmateriales más valiosos del país.

Aspiramos a revertir la fragmentación provocada por la tendencia liberalizadora en la formación médica. Soñamos con un pregrado de siete años que, lejos de ser un trámite hacia la especialización, fortalezca al médico general como eje del sistema de salud: un profesional con juicio clínico, capacidad de resolución y compromiso con su comunidad.
Ello exige fortalecer la tutela académica sobre la formación médica. La Academia Chilena de Medicina debiera tener un rol más activo en la supervisión y orientación de las mallas curriculares, asegurando que todas las escuelas respondan a estándares comunes de excelencia y ética profesional. Es tiempo de revisar críticamente una autonomía universitaria que permite omitir asignaturas básicas o acortar internados sin objeción.
También urge reformar los criterios de acreditación de la Comisión Nacional de Acreditación. Los indicadores deben enfocarse en calidad real: especialistas por alumno, campos clínicos adecuados y cuerpo académico con experiencia. Solo así evitaremos que instituciones sin proyecto ni infraestructura asuman la enseñanza de la medicina como un negocio seguro, a costa de la formación y del país.

Educar médicos es educar custodios de la salud pública. Si no recuperamos la exigencia y el sentido de misión que definieron históricamente a la profesión, perderemos no solo calidad, sino también identidad. Y el país perderá algo aún más valioso: la confianza de que el facultativo que atienda a cada paciente, desde Visviri a Puerto Williams, cuenta con el bagaje necesario para curar o al menos aliviar.

Estamos tarde, pero todavía no demasiado. Aún podemos construir la utopía contraria a la moldeada por intereses mercantiles: aquella donde la educación médica vuelve a ser un acto de responsabilidad social, y no una industria más. Pero para lograrlo, las instituciones debemos dejar de mirar al costado. En el Colegio Médico, en eso estamos.