Revista Vida Médica: Un espejo de cada época

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El Dr. Álvaro Yáñez revisó, página a página, la colección completa de Vida Médica desde 1952: un viaje por la salud pública, la política, la cultura y las luces y sombras de la profesión médica en Chile.


Por Marcos Santis Hernández

No buscaba una efeméride ni un ejercicio de nostalgia: el Dr. Álvaro Yáñez perseguía una prueba. Quería saber dónde había quedado escrito, con tinta y contexto, el pulso del Colegio Médico y del sistema sanitario chileno. La respuesta estaba ahí, en los tomos empastados de la Biblioteca COLMED. Tras cientos de horas de lectura, número a número, llegó a una conclusión que suena a definición y a advertencia: Vida Médica es mucho más que una revista gremial. “Es un espejo de cada época, un órgano resonador y un registro periodístico de gran nivel”.

El Dr. Álvaro Yáñez del Villar es médico cirujano chileno con una extensa trayectoria en el ámbito clínico, sanitario y gremial. Colegiado desde 1954, desarrolló gran parte de su carrera en el sector público, desempeñándose en hospitales como el San Juan de Dios y el San José, además de trabajar durante casi dos décadas en la Dirección de Sanidad de la Fuerza Aérea de Chile. Fue también el primer director del Programa Nacional de Tuberculosis y participó en misiones sanitarias y acciones de salud pública, incluyendo labores voluntarias ante brotes epidémicos. Su experiencia profesional lo llevó además a trabajar por más de diez años en la Organización Panamericana de la Salud, contribuyendo al desarrollo de políticas sanitarias internacionales.

Su trayectoria ha sido reconocida con la Condecoración de Honor de la Orden Médica Chilena 2019, la máxima distinción gremial, y con diversos homenajes por su aporte a la salud pública y al trabajo colegiado.

Doctor, ¿cómo nace la idea de realizar este estudio o análisis sobre la historia de Vida Médica?

Nace porque el Colegio Médico, que se organiza en 1948, ha reunido a personas con visiones políticas diversas, pero profundamente comprometidas con la salud del país. Esa idea venía gestándose desde antes. En 1939 ocurre un terremoto devastador que destruye gran parte del sur. Se calcula que murieron cerca de 30 mil personas, en un Chile que entonces tenía menos de cinco millones de habitantes.
En ese escenario, el Presidente Pedro Aguirre Cerda designa al Dr. Echevarne, una especie de médico de campaña, para organizar servicios sanitarios. Ese nombramiento funciona como un fósforo y enciende la idea de un sistema nacional, incluso antes de que el modelo británico se consolidara tras la Segunda Guerra Mundial. Y siguen empujando la idea del Servicio Nacional de Salud, que finalmente se crea en 1952.

Usted dice que desde entonces ambas historias corren en paralelo. ¿Cómo se ve eso?

Se ve en todo. La inmensa mayoría de los médicos trabajaba en hospitales de beneficencia distribuidos por todo Chile. Y algo que hoy cuesta imaginar: cerca de la mitad de la dotación médica trabajaba ad honorem, sin remuneración.
Así comenzaron a gestarse dos procesos. Por un lado, en salud pública, el Dr. González Cortés impulsa la creación de un Seguro Obrero. Por otro, desde el Colegio Médico se plantea un sistema legal que establezca los compromisos económicos del Estado con los médicos de hospitales públicos. Ese fue el Estatuto del Médico Funcionario.
Si el Colegio Médico fue una institución nacida con vocación pública, su revista -explica- terminó siendo el registro más constante de esa vocación. Un archivo de decisiones, debates, silencios, énfasis. Una bitácora.

«Cada editorial es un espejo de su época. Vida Médica sirve también para leer silencios, incomodidades y los giros institucionales»

¿Dónde entra Vida Médica en esa historia?

En que todo este cuento, ¿dónde está retratado? En Vida Médica. Cuando se organiza el Colegio aparece un primer proyecto de publicación: se editaron durante cuatro años; lamentablemente, los dos primeros se perdieron. Pero lo que quedó es muy interesante, porque allí está el pensamiento original: la creación de un servicio público con compromiso de cobertura nacional para toda la población residente, fueran chilenos o extranjeros. Y con una organización nacional, con una Dirección General del Servicio Nacional de Salud.

El Dr. Yáñez describe un detalle que, en el fondo, explica su investigación: la historia institucional no vive sólo en actas o acuerdos; vive también en editoriales, reportajes, cartas, columnas. Vive en la prosa de una época.

Al inicio existían dos revistas: una del Consejo General del Colegio y otra del Consejo Regional Santiago-O’Higgins. Ambos publicaban. Pero a los dos o tres años se concluye que eso no tenía sentido y decidió hacer una sola publicación. Y queda Vida Médica como órgano oficial del Colegio Médico de Chile.

¿Y qué se conserva de ese espíritu hasta hoy?

La revista ha contado con equipos periodísticos de muy buena calidad y con un director que, habitualmente, es el presidente o presidenta nacional del Colegio Médico, quien imprime su sello y su visión. Por eso digo que el Colegio Médico y su revista son un registro del acontecer nacional -sobre todo en salud- y también un actor de opinión pública.

¿Qué fue lo que más le llamó la atención al revisar Vida Médica?

Primero, constaté que nunca tuvo la pretensión de ser una revista científica. Su propósito era servir a la comunidad nacional en temas de salud pública y ayudar a representar al cuerpo médico del país. Había crítica artística, reflexiones sobre salud pública mundial y mucho más. Por su contenido y por su continuidad, es una revista de enorme calidad. Comienza en 1952: nos falta poco para los 75 años.

Usted dice que disfrutó el proceso de revisión. ¿Qué significa eso?

Uno puede llegar a viejo como un objeto o puede llegar caminando, haciendo cosas, con proyectos. Yo me entretuve muchísimo. Pero ojo: fueron muchas horas. Mucha lectura interesada. Ojeé página por página cada número de Vida Médica.
Cada editorial es un espejo de su época. Vida Médica sirve también para leer silencios, incomodidades y los giros institucionales. La revista es un espejo, un órgano resonador y un registro periodístico. Permite ver la sensibilidad social e intelectual de la comunidad médica respecto del país. Ese es su valor.

¿Cómo ve usted la revista en la actualidad?

Me parece que está cumpliendo el rol que le corresponde a un medio del Colegio Médico: respetar la diversidad política y, al mismo tiempo, mantener un compromiso social profundo. Se ve en las editoriales y en cómo aborda temas difíciles: licencias médicas, isapres, trabajo médico, discusiones valóricas, etc. Son temas duros, pero hay que enfrentarlos.

El Dr. Yáñez insiste en la importancia del alcance territorial de la publicación y en el rol público del médico, sobre todo fuera de Santiago. Y se permite una pequeña batalla personal contra la moda de las palabras.

No me gusta decir “influencer”. Pero es evidente que el médico sigue siendo una figura con impacto social. Creo que el Colegio Médico debe mantener una presencia pública de la más alta calidad, sin abanderizarse políticamente, pero socialmente comprometido. Ese compromiso debe proyectarse, sobre todo hacia los médicos jóvenes, que hoy cargan con un dominio tecnológico enorme y una especialización muy estrecha.

A su juicio, ¿cuál es el principal desafío que vive la medicina en la actualidad?

En mi opinión, lo que la medicina no puede perder es el vínculo humano. No puede ser que haya médicos que ni siquiera miren al paciente porque están tecleando en una pantalla y, al final, aprietan dos teclas, suena algo y dicen: “Aquí tiene su receta”. Eso no puede ser.

Para el Dr. Yáñez, Vida Médica puede sostener los valores fundamentales de la medicina, recordar la excepcionalidad del desarrollo sanitario chileno en los años 50 y 60, y subrayar una idea que atraviesa toda su revisión: nada empieza de cero.

“Lo que hacemos hoy descansa en lo que hicieron nuestros antecesores. Y hay que considerarlo en las condiciones de su tiempo para saber apreciarlo”, reflexiona a sus casi 97 años. Finalmente, su defensa es simple y radical en estos días: el papel como garantía de memoria. “Lo digital es transitorio y no siempre se lee. En cambio, un documento impreso permanece: usted puede tomarlo cuarenta años después y decir “¿qué pasó?”, y ahí está. Eso hay que mantenerlo”.