Dr. Pablo Salinas Carrizo
Ex Pdte. Agrupación MGZ Chile 2005-2006
– Doctor, ¿cuándo vuelve? Acá en el valle se le extraña.
– No lo sé. Me gustaría, pero depende de otras cosas.
– Usted atendió tan bien a mi papá. Siempre lo recordamos.
– Gracias por sus palabras. Son reconfortantes.
Este diálogo, ocurrido hace unas semanas por redes sociales, se me ha repetido varias veces, por esa misma vía como cuando he vuelto al querido Valle del Elqui.
¿Cómo un santiaguino como yo ha podido ligar su vida con el Valle del Elqui y su gente? Tuve la fortuna de ser Médico General de Zona en el hospital San Juan de Dios de Vicuña, Región de Coquimbo, entre 2001 y 2007, después de egresar de la Universidad de Chile.
Ahí, junto a otros colegas comenzamos nuestra carrera profesional, vivenciando las vicisitudes de ejercer en un país desarrollado para unos pocos y aún subdesarrollado para muchos.
Vivimos el tránsito desde una carrera exigente, al ejercicio real. Crudo. Viviendo las carencias y las riquezas, materiales y humanas, institucionales y personales.
Este ejercicio, que moviliza los elementos valóricos esenciales adquiridos en la escuela de medicina y traídos desde el hogar, marcó irreversiblemente mi manera de abordar la profesión, de mirarme en los pacientes y de entender el sistema de salud chileno con sus virtudes y defectos.
En esos años se iniciaba la aplicación de la ley 19.664, que dio un nuevo nombre al ciclo de Médicos Generales de Zona (MGZ): “Etapa de destinación y formación” (EDF). Sin embargo, varios decidimos mantener la denominación clásica, por su peso histórico y valórico.
El generalato de zona es un trabajo exigente, que lleva al límite físico, emocional y mental, sintiéndose uno sobrepasado por demandas insatisfechas, naturales y reales de las y los pacientes, además de la exigencia propia: actuar de manera correcta, tratando de ser la mejor versión de sí mismo a esa edad.
El trabajo consiste en ser un agente de salud crucial en la vida de otras personas, algo que queda demasiado grande para los aprendizajes del pregrado. Una formación muy rica en conocimientos biomédicos y destrezas en intervenciones fisiológicas, orientada a reparar lo roto y hacer funcionar lo disfuncional, pero que dista de ilustrar el rol completo de un profesional que ayuda a sanar, que sabe escuchar, que empatiza, que acompaña el dolor y que aconseja en las mejores decisiones para la salud de personas comunes y corrientes.
Todo ese entramado, complejo y denso, lo adquirí como MGZ.
Tuve que transitar esa vereda para estar preparado para el entrenamiento final de este arte: la especialidad. Y así, al ejercerla después, enriquecerla aún más; para entender verdaderamente la empatía, cuando uno se refleja en sus pacientes, que al final del día eran mis vecinos, amigos y compañeros de trabajo. Empatía, el eje central de esta profesión; y para comprender mejor el sistema en cada uno de los roles que nos toca asumir: clínico, gestor, directivo, profesor, dirigente gremial, asesor técnico.
Sería lindo volver al Valle del Elqui. El devenir profesional —y el del país— cambia mucho y muy rápido. Lo que era, deja de serlo en poco tiempo. Y lo que no existía, se levanta en minutos.
Pero mi paso como MGZ es imperecedero. Fue crucial para llegar a ser quien soy hoy.
¡Felices 70 años, MGZ!



