Dr. Antonio Orellana Tobar
Decano Facultad de Medicina U. de Valparaíso y Pdte. ASOFAMECH
Tras el preocupante informe de la Contraloría sobre la emisión indebida y el mal uso de las licencias médicas, cabe preguntarse sobre el respeto y el prestigio de nuestra profesión en la esfera pública.
El escándalo de la emisión y el uso abusivo –por no decir doloso de licencias médicas–que destapó la Contraloría General de la República ha herido profundamente el corazón de una profesión cuya práctica descansa en el compromiso ético inalienable, con el prójimo y sus pares. Desde de hace más de dos mil años, todo médico sabe, que el bisturí se guía por los principios de la ciencia, y también, por estrictos códigos morales “para bien de los enfermos, apartándolo de toda injusticia voluntaria y de toda corrupción”, como establece y demanda el juramento Hipocrático.
De aquel tiempo hasta hoy, los médicos nos hemos jactado de ser fieles depositarios de esta responsabilidad social, y capaces, además, de traspasarla como legado a cada nueva generación de titulados, a través de una formación rigurosa que ha sabido promover este compromiso de manera pública, cual mantra, generando un aura de respeto y prestigio en la esfera pública.
Frente a la evidencia incontestable aportada por la Contraloría, cabe preguntarse si ese halo de aceptación terminará por difuminarse como ha ocurrido con tantas otras necesarias y nobles actividades humanas, manchadas por el individualismo y la avaricia.
Ante esto, el Colegio Médico expresó su consternación, realizando una autocrítica propositiva y proponiendo avanzar en un plan destinado a protocolizar el reposo y reformular el diseño del sistema.
De la misma forma, debemos hacer una reflexión desde el ámbito formativo y recordar que la medicina es ciencia, arte y humanismo, sin embargo, vivimos un tiempo en que no sólo en medicina, sino que en general en las universidades existe la tendencia de reducir al mínimo las humanidades, en aras de la ciencia y la tecnología. Los médicos se han convertido en científicos y de la mano de la ciencia avanza la tecnología, quedando en un segundo y tercer plano el arte y las humanidades. Las escuelas de medicina no pueden sucumbir ante cantos de sirenas ya que durante los estudios de pregrado debe mantenerse dentro de los ámbitos universitarios la reflexión frente a la excesiva información con la cual hoy en día cuentan los estudiantes. Heidegger observaba que “la ciencia no piensa”, con lo cual quiere decir que es ignorante acerca de las condiciones que la hacen posible. Por consiguiente, el minimizar las humanidades en la formación médica disminuye la capacidad reflexiva sobre la profesión misma.
Debemos ser proactivos desde la formación, incluyendo los cursos de ética y de ontología de la práctica médica en la malla curricular de la carrera de manera transversal y que continúen en el postgrado.
La modernidad prefiere cada vez más el logro técnico, individual, deshumanizado, y abierto a la recompensa material e inmediata. En ese sentido, es nuestro deber reflexionar sobre la realidad y cuidar la calidad de la educación médica, que por razones de un progreso mal entendido ha puesto en riesgo la permanencia de la integridad en ella, al punto que parece estar formando profesionales faltos de valores éticos y morales. Después de todo esto, ojalá que no tengamos reservado el mismo final de Esculapio, castigado por los dioses debido a su arrogancia.


