Sobre la escuela vieja

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Dr. Álvaro Yáñez del Villar


 

En estos tiempos de Pandemia, soportando una avanzada edad, confinado en la seguridad doméstica, libre de compromisos, horarios y desplazamientos, se pueden ocupar las horas del día revisando papeles y mirando fotos.

Me he detenido observando una de esas fotos, tomada a un grupo de personas. Son mis compañeros de curso, quizá de cuando estábamos en segundo año de Medicina, por el año 49 del siglo pasado.

Ellos se ven en la foto increíblemente jóvenes, alegres y con una actitud que refleja entusiasmo y optimismo. Muy formales, la mayoría de cuello y corbata, algunos aún con aspecto de adolescentes.

Ellas, escasas en número, se ven como mujeres jóvenes, algunas muy bellas, aspecto inteligente, algunas serias, otras sonrientes, bien presentadas, todas de falda, ninguna con pantalones (años después, la hija del profesor Valdivieso causaría sensación al concurrir a clases usando pantalones).

El grupo se ve reunido en lo que quedaba del acceso principal de la Escuela de Medicina, sobre la amplia escala, cubierta de escombros. Un par de grandes columnas, que recuerdan las del Partenón, dominaban la escena y detrás de ellas, nada. Nuestra Escuela, donde habíamos cursado el primer año, se había quemado hacía poco, una madrugada de diciembre de 1948.

Mi promoción, ingresada en marzo de ese año, fue la última en ocupar alguno de los auditorios y salas de trabajos prácticos de las Cátedras de preclínicos que se desarrollaban en ese edificio.

En es época solo había tres Escuelas de Medicina: de las Universidades de Chile, Concepción y Católica. La de más categoría, más antigua, de mayor matrícula y única autorizada para otorgar el Título de Médico Cirujano era la U. de Chile.

Esa fue la Escuela que nos recibió. Tenía un impresionante edificio de dos pisos, con altos ventanales, pintados de blanco, que se destacaban al compararlo con la chata y modesta edificación del barrio vecino. Un muro bajo, con alta reja de fierro, permitía observar desde la Avenida Independencia el amplio acceso embaldosado, con dos altas palmeras, cuyos troncos, rodeados en sus bases por bancos circulares de alto respaldo, eran un punto de encuentro en el escaso tiempo libre que dejaban las actividades docentes.

Hacia el norte, la reja separaba un amplio y cuidado jardín de la calle Zañartu. La sombra de sus grandes árboles permitía a algunos descansar y a veces dormir prolongadas siestas. En ese espacio se había construido un edificio menor para las oficinas del Decano y del Director de la Escuela; el Auditorio y salas prácticas de Fisiopatología. En el subterráneo se acumulaban los Archivos Docentes y bodegas de materiales de Secretaría. Eran los dominios del Dr. Armando Larraguibel, quien por muchos años fue Decano de Medicina, y del Dr. José Donoso, Profesor Titular de Fisiopatología.

Hacia el sur, un muro separaba la Escuela del Hospital San Vicente. Junto a él, una escultura honraba la memoria de alguna notabilidad médica nacional.

Dominaba el acceso el imponente frontis de la Escuela, con su aspecto de templo griego. Una amplia escalera permitía la entrada. El edificio constaba de dos bloques orientados de este a oeste, unidos transversalmente por similares estructuras, dependencias intermedias, pasillos de comunicación, dos grandes patios interiores y un patio posterior de acceso.

El primer patio tenía una fuente, donde según el relato no confirmado, alumnos indignados habían lanzado al agua a algún ayudante particularmente odioso. También, había una escalera que permitía subir al segundo piso y que, al anochecer, solía ser refugio de alguna pareja de enamorados.

El edificio fue planeado y destinado a entregar la enseñanza pre-clínica, durante los primeros tres años de carrera. Anatomía, sin embargo, ocupaba un edificio independiente en el extremo nor-oriente, sobre la calle Zañartu, y a conveniente distancia del Cementerio y del Instituto Médico Legal. Disponía de un gran auditorio circular, con corridas de asientos en altura, dependencias vecinas para preparar el material de demostraciones, oficinas de los dos Profesores titulares y sus ayudantes, dos equipos docentes, que se alternaban para iniciar la cátedra que duraba año y medio. Cuando ingresó nuestro curso, se inauguró un nuevo pabellón, donde los alumnos efectuaban disecciones en cadáveres humanos.

La Escuela terminaba hacia el oriente en un estrecho patio, donde, en un extremo, los servicios higiénicos tenían sus paredes cubiertas por grafitis y frases alusivas a profesores y ayudantes. Luego había un pequeño pabellón donde se efectuaban las autopsias de Anatomía Patológica. Al extremo norte estaba el portón que daba a la calle Zañartu y al acceso interior del moderno pabellón de Anatomía.

Al otro lado del muro estaban las salas de mujeres y Maternidad del Hospital San Vicente y la Escuela de Enfermería, que funcionaba como internado.

Las Cátedras de cursos pre-clínicos disponían de auditorios con capacidad para 100 o más alumnos, salas para prácticas de laboratorio y demostraciones, y oficinas para el cuerpo docente y secretarías.

Al entrar al primer patio, a mano derecha estaba la Biblioteca. Por sus ventanales se podía observar un edificio bajo, estilo moderno e incongruente con el conjunto de la Escuela, pero popular, apreciado y acogedor, en cuyo comedor estaban las mesas para almorzar y tomar un reconfortante café, atendidos con permanente gentileza por la Luchita y Laurita Quiroz.

En el primer patio, frente a la Biblioteca, se ubicaba la Cátedra de Física y si no me equivoco, Parasitología. Sobre el segundo piso, Biología, Embriología e Histología. Más al interior, Fisiología, Química, Bioquímica, Farmacología y parte de Anatomía Patológica.

Durante nuestro primer año en la Escuela, pasabámos en esos espacios gran parte de nuestro tiempo, tratando de superar las dificultades docentes. Era intenso y entretenido, excitante, a veces deprimente. Pero la selección de ingreso había sido exigente, la mayoría tenía buenos rendimientos y las deserciones, que las hubo, fueron muy escasas. En ese primer año comenzamos a conocer el lenguaje y conceptos que constituyen la base del conocimiento médico. También, en el cuerpo docente conocimos personas que eran ejemplares, tanto en el aspecto profesional como humano.

Se formaron grupos de estudio. Se crearon amistades, algunas de la cuales perdurarían toda la vida. También surgieron parejas, que en algunos casos terminaron en matrimonio, otros en comentadas rupturas.

Así pasó el primer año en la Escuela, en que la adolescencia quedó atrás y comenzamos a afrontar desafíos como jóvenes adultos, completamos cursos y prácticas y llegó la época de exámenes.

Recuerdo que el día que me correspondía dar el examen de Física, calculé llegar a la Escuela al medio día. Me llamó la atención que al llegar al terminal de tranvías, frente a la estación Mapocho, no corría el tranvía eléctrico N° 36, cuyo recorrido pasaba frente a la Escuela y me fui caminando por Independencia. Abundante agua corría junto a la cuneta y el aire olía a humo. Cuando llegué a la Escuela, su frontis y la mayor parte de la estructura sur se habían quemado. Los alumnos y personal de la Escuela habían sacado gran parte de los libros de la Biblioteca. Otros intentaban rescatar de entre los escombros, instrumentos y material docente no dañados por el fuego, el agua y los escombros. El profesor Croizet, ejemplo de voluntad y vigor, escarbaba con furia tratando de recuperar su colección de preparaciones histopatológicas. Lágrimas oscuras corrían por su rostro y manchaban su habitualmente impecable camisa.

La Escuela se había quemado. Había estado en funciones por poco más de 50 años. Había sido el espacio donde se habían formado las más brillantes generaciones de médicos chilenos a inicios del siglo XX.

Durante el verano, docentes y alumnos trabajamos rehaciendo las colecciones de material docente. Hubo recursos, voluntad política, colaboración de Hospitales e Institutos públicos ligados a la Salud para habilitar el antiguo Instituto Bacteriológico de la calle Borgoño, para instalar en sus dependencias las cátedras pre-clínicas.

Vuelvo a mirar la foto. De los rostros juveniles de aquella época surgen los nombres. Muchos, la mayoría, ya no están, igual que la vieja Escuela. Pero queda el recuerdo.


 

*AVISO

Irene Padilla, periodista de la U. de Chile y escritora busca relatos sobre los médicos Cora Mayers Glehy (Directora de la Escuela de Enfermeras de la U. de Chile) y Alfredo Demaria Andreani (Subdirector General de Sanidad), quienes murieron en enero de 1931. Quien quiera y pueda colaborar en esta investigación, por favor, comunicarse al correo irepadilla@gmail.com.