Violencia sexual en establecimientos de salud y la dignidad de la práctica médica

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Dra. Gisela Viveros M.

Secretaria Técnica Unidad de Defensa de Género (UDEGEN)

Tras casi 2 años de trabajo en UDEGEN y 5 años en el Departamento de Género y Salud, son múltiples los casos de violencia sexual en centros asistenciales que me ha correspondido abordar. Es abrumador reconocer como denominador común colegas, que en el ejercicio de su profesión, ejercen acoso u abuso sexual hacia pacientes, otras profesionales de la salud e incluso hacia colegas.

Sólo en el mes de octubre, se publicaron 3 casos: un médico general de Rancagua imputado por 4 delitos de abuso sexual entre los años 2016 y 2017, condenado a 6 años de presidio efectivo; un ginecólogo condenado por la Fiscalía Metropolitana Oriente por 6 delitos reiterados de abuso sexual calificado y otros 2 reiterados de abuso sexual; y finalmente el más conocido por la opinión pública, el caso del oncólogo Dr. Manuel Álvarez,  acusado por el Ministerio Público por 10 casos de abuso sexual a pacientes y quien fue transitoriamente reincorporado labores asistenciales en una clínica de Santiago. ¿Por qué el Colegio Médico se manifestó tan fuertemente ante la reintegración a labores médicas de dicho Doctor?

Primero les invito a reflexionar. ¿Cuántas profesiones generan una interacción humana con tal grado de intimidad y vulnerabilidad entre dos desconocidos? La entrevista médica y el examen físico en un box de atención, se lleva en el contexto de una situación de inquietud por las dolencias físicas o psicológicas por la cual acude otro ser humano, para quien su doctor o doctora es una persona desconocida y debe depositar total confianza; la clave además, es que el paciente se encuentra en un grado de asimetría total, en cuanto a entendimiento de su cuadro clínico y a la expertiz del médico.

Esto nos posiciona en una situación jerárquica de poder muy marcada, donde tenemos acceso no sólo emocional, sino que también físico al paciente, hasta el punto donde nuestro criterio nos lo haga estimar pertinente. ¿Quién pone ese límite? ¿Quién define cuándo hacer una pregunta determinada o tocar alguna parte del cuerpo de esta persona a quien estamos recién conociendo? Es el saber médico y la ética profesional. Este valor profundo por el acto médico, lo hemos tenido claro como sociedad desde que se formó como tal. Desde chamanes y machis, hasta la antigua Grecia con Hipócrates, todas las sociedades se han esforzado por establecer estándares básicos de interacción y han posicionado al curandero de la tribu, como una persona que no sólo tiene conocimientos del cuerpo y mente humana, sino que también un rol social de reconocimiento por contar con una sabiduría tal, que se le entrega el bien más preciado de la comunidad, la vida humana.

Es por esta razón, que urge levantar con orgullo nuestra profesión, entender la importancia de la ética de quienes la ejercen y que como pares, seamos los jueces más duros al exigir de parte de nuestros y nuestras colegas, estándares altísimos de conciencia por la dignidad humana.

Es imperioso que como Colegio Médico nos cuestionemos cómo avanzar en el camino por retomar una tuición ética, que permita regular el ejercicio profesional particular que tiene la medicina y así poder garantizar un control regulatorio entre pares, para asegurarnos no sólo de la excelencia en el ejercicio de nuestra profesión, sino que también que nunca más exista violencia en nuestros centros de salud.