Destacada infectóloga, ha dedicado su carrera a combatir el VIH/SIDA. Se tituló en la Universidad de Chile y se especializó en la Universidad de La Frontera. Desde 1991 trabaja en el Hospital Dr. Hernán Henríquez Aravena, donde fue pionera en la atención de pacientes con VIH en tiempos de fuerte estigmatización. Actualmente, se desempeña como jefa del Servicio de Infectología de dicho establecimiento.
Por Patricio Azolas Álvarez
Orgullosa de sus raíces palestinas, agradecida de haber cumplido sus metas en la vida, pero profundamente preocupada por la situación que afecta a Medio Oriente, la Dra. Carolina Chahín Ananía es el fiel reflejo de la vocación médica y de la verdadera preocupación por el prójimo, por el paciente, por quien necesita más que una atención médica: acompañamiento en su enfermedad. Es una convencida de que la medicina no debe permitir que se olvide su formación humanista. “Hay que humanizar esta carrera”, señala.
La Dra. Carolina Chahín es médica internista e infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Dr. Hernán Henríquez Aravena de Temuco. Se formó como médica en la Universidad de Chile y realizó su especialidad en la Universidad de La Frontera. Ha sido parte fundamental en la creación de la Corporación SIDA Chile y de la Red Latinoamericana de VIH/SIDA. Su trayectoria y compromiso con la salud pública la han hecho merecedora de importantes reconocimientos, entre ellos el premio “Médica Destacada 2021” del Colegio Médico Araucanía y la distinción como “Ciudadana Destacada de Temuco” en 2018. En 2025, fue reconocida a nivel nacional por el Colegio Médico de Chile con el premio “Médica Destacada 2025”, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer.
Tuvo una infancia muy ligada a la naturaleza y a su familia. Su familia paterna y materna proviene de Palestina. “Mis abuelos maternos llegaron a Santiago, pero tenían algunas propiedades en la Araucanía, en la zona de Angol; y mis abuelos paternos llegaron primero a Lautaro y finalmente a Curacautín, donde se asentaron”, explica. Ella nació en Temuco, al igual que sus hermanos —es la del medio de cinco—. Su padre, médico cirujano, dirigió el Fondo de Solidaridad Gremial y Bienestar Social del Colegio Médico durante los difíciles años de la dictadura militar, destaca la especialista.
Llegó a Santiago a los seis años para ingresar como interna, junto a su hermana mayor y un hermano, al colegio Dunalastair, que posteriormente se convirtió en el Grange School. Al término de su escolaridad, estudió Medicina en la Universidad de Chile. Tras titularse, se casó con su actual marido, un destacado abogado —también de origen palestino—, y se trasladaron a Temuco.
Formaron una familia compuesta por una hija abogada —doctora en Derechos Humanos— y un hijo ingeniero civil, que recientemente terminó su tesis de magíster en Educación. “Y una nietita chiquitita, la Marian Victoria, que es la cosa más linda del mundo; nació en Escocia y, bueno, la verdad es que ella es una alegría y se lleva todos los regaloneos”, confiesa con orgullo y cariño.
«El VIH sigue siendo un tema candente. Lo que nosotros constatamos es que más de la mitad de nuestros pacientes llega con enfermedad avanzada, lo que implica un pobre pronóstico. Si las personas tuvieran acceso al testeo de forma más masiva y abierta, no llegarían en esa condición».
Una Medicina más romántica, más humana
Desde temprana edad, la Dra. Chahín tuvo un interés claro por la medicina. Cuenta que su padre, con la mejor de sus intenciones, le decía que tenía una visión romántica de la profesión y que sería mejor optar por otra carrera, como Ingeniería Comercial. Sin embargo, fue su tío abuelo, el Dr. Antonio Sainz, quien la incentivó a seguir ese camino.
“Trabajé en un cargo en el Programa de Ocupación para Jefes de Hogar (POJH) durante la dictadura militar, en el año ‘85, cuando llegamos a Temuco. Y bueno, es difícil llegar a un lugar donde nadie te conoce. Hice todos mis estudios en Santiago, así que llegué acá sin vínculos en el ámbito médico. Estuve dos años trabajando sola en un consultorio, atendiendo a veces hasta 50 pacientes al día. Fue una experiencia tremendamente dura: un lugar que no conocía, en un contexto de pobreza muy grande… estamos hablando del año ‘85. Era tan poco lo que una podía hacer. Y mientras estaba en ese trabajo, mi padre me dijo: ‘tienes que seguir especializándote’, y me ayudó económicamente para hacerlo. Así comenzó mi formación en Medicina Interna, y luego fui construyendo mi camino en el área de la infectología”, relata.
En este sentido, la Dra. Chahín agrega: “partí sola por muchos años. Primero había que dar a conocer qué era la infectología, porque aquí en el hospital no se conocía. Había que demostrar en qué consistía el trabajo, cómo vincular la microbiología con la visita a los pacientes, con la evaluación del consumo de antibióticos… todo eso que hoy ya está ampliamente difundido. Pero trabajé muchísimos años sola. Y a veces miro para atrás y me pregunto: ¿cómo pude hacer eso sola en el hospital?”.

Un incesante trabajo contra el VIH
En su discurso en el Día Internacional de la Mujer realizado en el Colegio Médico, se emocionó al recordar a los más de 150 niños nacidos sanos de hijos de madres con VIH. ¿Qué significa esto en lo profesional y personal este logro que es parte de usted y su equipo de trabajo?
—Cuando empezó a aparecer la evidencia científica, quedó claro que si una trataba a las mujeres embarazadas, existía la posibilidad de disminuir el riesgo de transmisión al bebé. Diría que entre los años ‘90 y principios del 2000 se comenzaron a aplicar los primeros criterios.
El Dr. Bustos fue importante en esto y nos preguntábamos cómo íbamos a implementar el protocolo. Trabajamos en forma muy conjunta con el ministerio de Salud y nos sentíamos muy respaldados por ellos, aunque no es mi percepción hoy día. El Dr. Bustos también nos llamaba a capacitaciones que se hacían desde el ministerio y donde se traían médicos desde afuera para el manejo de la patología. Era una relación bastante cercana.
Así, con el apoyo del ministerio, se empieza a implementar el tratamiento para la mujer embarazada y nuestro gran logro fue que empezamos a testear en la región a las mujeres embarazadas con recursos propios. Eso surgió a partir de un caso muy doloroso: un bebé que falleció, y al que el día antes de morir, estando hospitalizado, se le hizo el test de VIH, que resultó positivo. Con esa información fui a hablar con la directora del Servicio —una pediatra en ese momento— y le solicité recursos para poder testear a las embarazadas. Lo hacíamos de manera muy rudimentaria: las muestras se recolectaban en termos, y los chóferes de las ambulancias las llevaban al Hospital de Imperial, donde realizábamos los análisis. Ahí recibíamos directamente la información de los casos positivos, y llevábamos a esas mujeres a tratamiento. Así fue como logramos que nacieran niños sanos. Y hoy, todo eso está protocolizado.
«No hay que perder el norte. Esta mercantilización de la medicina, donde se habla de ‘usuarios’, donde te exigen atender 20 pacientes o ver tres en una hora… eso va completamente en contra del sentido del acto médico».
En esos años no teníamos tratamiento para todos. Cuando parte el VIH, no existía terapia disponible para todos los pacientes; había que elegir literalmente a quién íbamos a tratar. Era tremendo. Hoy está normalizado. La gente joven piensa que esto ha estado desde siempre, y no es así. No teníamos cargas virales, no teníamos terapia universal. Mucho se hizo sobre la marcha. Insisto: en ese entonces sentíamos el respaldo del Ministerio, tanto en asesoría como en acceso a fármacos y exámenes. Una llamaba por teléfono y conseguía cosas. Eso se ha ido perdiendo. Se ha producido una brecha que no es buena desde la política pública a lo que hacen o no dejan de hacer los equipos.
En junio de este año, el Instituto de Salud Pública (ISP) confirmó que en el 2024 se registraron 4 mil 327 casos positivos de VIH. La cifra del año pasado es la más baja desde el 2015, cuando se contabilizaron 4 mil 307 casos positivos. A su juicio, ¿a qué se podría deber esta disminución?
— Creo que nos falta testear. No sé si esa cifra refleja realmente una disminución, porque el ISP lo que hace es confirmar las muestras que son derivadas. Pero ¿qué pasa con las que no se derivan o, peor aún, con las que ni siquiera se toman? Es decir, no hay registro de lo que no se testea. Aquí en la región —y sé que lo comparten otros equipos— este año hemos diagnosticado más personas infectadas. Entonces la pregunta es: ¿han disminuido realmente los casos o es que la gente no se está testeando? Porque no hay ninguna campaña comunicacional. No he visto ninguna. Además, el examen sigue estando muy burocratizado. De hecho, la despreocupación es tal que el VIH salió de las garantías prioritarias, y eso no debería haber pasado. El VIH sigue siendo un tema candente, con nuevos tópicos que son clave en su manejo actual. No sé si esa cifra del ISP es real. Lo que nosotros constatamos es que más de la mitad de nuestros pacientes llega con enfermedad avanzada, lo que implica un pobre pronóstico. Si las personas tuvieran acceso al testeo de forma más masiva y abierta, no llegarían en esa condición. Llegarían con inmunocompetencia, tomarían un medicamento y nunca pasarían por el hospital. Pero hoy una proporción importante se diagnostica recién al hospitalizarse, y eso refleja una falla del sistema, que no permite un diagnóstico precoz. Este es un tema muy importante. No sé si esta baja que reporta el ISP es real o simplemente obedece a que ha disminuido el testeo. Esa pregunta la dejo en el aire.
Medio Oriente: un llamado por las víctimas inocentes
Ud. se refirió en su discurso del Día de la Mujer a la situación en Medio Oriente. ¿Cómo ha visto el desarrollo de este conflicto y sus consecuencias para la población?
—Aquí no hay un conflicto árabe-israelí. Aquí hay un genocidio. Un Estado colonialista que ejerce un régimen de apartheid sobre la población palestina. No solamente en Gaza, sino también en Cisjordania. Estamos hablando de más de 470.000 personas asesinadas. La gente no está muriendo solo por los bombardeos, está muriendo de hambre y por enfermedades transmisibles. Las imágenes de niños y adultos desnutridos son desgarradoras. En los lugares donde se distribuyen alimentos bombardean a la gente cuando va a pedir ayuda. Quiero citar a Francesca Albanese, relatora de Naciones Unidas. Ella ha dicho que esto es un régimen colonialista que ejerce un apartheid sobre la población palestina, y que lo que están haciendo es destruir a ese pueblo para expandir su poderío, su colonialismo, no solo a Gaza o Cisjordania: su pretensión es extenderse a otros países árabes. Insisto: esto no es un conflicto árabe-israelí, porque hay países árabes que mantienen relaciones diplomáticas con el régimen sionista. Este régimen es, en definitiva, el guardián de Estados Unidos en Medio Oriente.
La Dra. Chahín agrega:
—Mis raíces son palestinas, y mi corazón siempre va a estar con Palestina y con los palestinos que están sufriendo. Lamento profundamente que no haya una postura más firme, como el fin de las relaciones diplomáticas o comerciales. También me duele que mis colegas médicos no se sumen con más fuerza a esta denuncia, porque los hospitales están destruidos, los directores de hospitales han sido asesinados. Hace algunos días se informó que el director del Hospital Tailandés fue asesinado junto a su esposa y sus tres hijos en un bombardeo. La población médica palestina está siendo asesinada. La gente está en absoluta indefensión. Estamos presenciando un genocidio en tiempo real. El nazismo implementó campos de concentración y políticas de exterminio, pero el mundo no lo supo hasta que esos campos fueron descubiertos. Hoy, en cambio, lo estamos viendo en directo y el mundo occidental no está haciendo nada. Insisto, la relatora especial de Naciones Unidas, Francesca Albanese lo dice.
«El logro de que esos niños hayan nacido sanos es un trabajo en equipo. Para que nazca un bebé sano hay muchas etapas involucradas: enfermería, matronería, pediatras, un grupo de obstetras comprometido… Es un proceso compartido, nadie lo hace sola».
Formación médica y realidad nacional
Volviendo a nuestro país y específicamente a la preparación de los nuevos profesionales de la salud, ¿cuál es la mirada que tiene usted de la formación médica que están recibiendo las y los médicos, particularmente en el área en la que usted se desempeña?
—Difícil pregunta. Aparte de la formación académica, no hay que permitir que se pierda la formación humanista de lo que es la medicina. Creo que eso era lo que mi padre intentaba transmitirme cuando me decía que tenía una visión romántica de la medicina. Y tenía razón: no hay que descuidar esa dimensión humanista, no hay que perder de vista el contexto de nuestros pacientes, lo que viven, lo que son. Yo no hablo de consultantes ni de usuarios. Hablo de pacientes, personas que muchas veces esperan todo el día, que tienen necesidades que van mucho más allá de lo que puede resolver un médico.
Y a lo mejor lo que voy a decir no es políticamente correcto, pero en esta “caza” de médicos por el tema de las licencias médicas, hay que tener cuidado. Se habla de un registro de, no sé, 500 profesionales que emitieron licencias estando ellos mismos con licencia. Y yo te digo: cuando era la única médica aquí, no me cabe duda —aunque no lo recuerdo con certeza— que en alguna ocasión, estando enferma, alguien me haya llamado y mi secretaria me haya dicho: “Doctora, tal persona está enferma, necesita una licencia porque no puede ir a trabajar”. Y yo se la firmé desde mi propia licencia médica.

Esa era la realidad que vivíamos, donde éramos especialistas únicos. Me imagino cómo será en pueblos más pequeños, en localidades donde hay un solo médico, que además está solo, sin apoyo. Porque no digamos que para la población es fácil acceder a nosotros. Entonces, también es una realidad que hoy se está desconociendo. No estoy avalando nada. Al contrario, soy la primera en criticar la comercialización de licencias médicas, porque demuestra cómo la profesión se ha ido abaratando. Pero también creo que hay que entender las circunstancias, mirar más allá de Santiago.
¿Qué significó que el Colegio Médico reconociera su aporte a la salud del país y a sus pacientes en la ceremonia del Día de la Mujer?
—Una alegría. Es como decir, al final de tu camino: en realidad, fue un camino hecho, fue un buen camino. Pero sabes, hice lo que había que hacer. Mientras lo hacía, no me cuestionaba si era esto o no. Sentía que simplemente era lo correcto: vi a la gente, armé camino, formé equipo, porque eso era lo que había que hacer: dar una mejor salud a las personas. Siempre he pensado en armar equipos. Creo que, a medida que la gente va conociendo tu trabajo, se va entusiasmando, se va encantando, y se han ido sumando personas. Hoy, esta es una unidad grande —en el Hospital Dr. Hernán Henríquez Aravena— donde trabaja una gran cantidad de profesionales de distintas disciplinas. Y miro para atrás y me digo: ¡cómo hice esto! El logro de que esos niños hayan nacido sanos es un trabajo en equipo. Para que nazca un bebé sano hay muchas etapas involucradas: enfermería, matronería, pediatras, un grupo de obstetras comprometido… Es un proceso compartido, nadie lo hace sola.



